MATERIA – ESPÍRITU
Madre Zaragoza
Mi carcel, mi pasión
Al parecer, no soy el resultado de victoria o fracaso alguno, sino que debo más bien pensar -y eso me jode- que, como todo en la Naturaleza, también yo soy el resultado de un compromiso.
Niego que en mí exista vida alguna y me horroriza no estar muerto y tener que sentir la repugnante vida latir en mí como un animal antiguo.
Pienso en mí mismo y hasta puedo llegar a entenderme, que ya es decir, pero a veces me sorprendo pensando en España o, sin sorprenderme, pienso en ella porque sí. Y digo esto según lo siento, que no es poco, y la muerte se detiene.
Si un día fui tambor por los campos, ahora todo yo soy piano en el centro del hogar. Ni viejo ni nuevo, sino piano hogareño en el centro de los míos, tocado por los míos y mudo -con todo lo mío, mudo- si una mano no me sonatea.
No intentéis, pues, saber de mí, de lo que fui acumulando en mi sangre que, al explicarse, muere el artista. Los que dicen tener necesidad de las claves para la comprensión del discurso deberían saber que se puede estar vivo y activo sin entender algunas cosas y que peguntar más de lo que el artista dice por propia iniciativa es cotilleo, voyeurismo.
A mí, por ejemplo, cualquier pregunta sobre el pasado me retrotrae a los tiempos dolorosos que, afortunadamente, he dejado atrás; me hunde en su negrura y me hace perder los pasos y el tiempo que tanto necesito para sobrevivir.
Tampoco yo no quiero saber nada y menos sobre mí mismo. No deseo ser la cosa ciega que entra y embaraza para que me sepan los otros y me recuerden. No quiero ser un peso en su memoria, sólo ligereza y olvido en la mía.
Bien puede reír aquel que, como yo, tiene un exceso. Mi exceso, mi necesidad, mi paz, mi equilibrio, la indeferencia, incluso, con que miro a la muerte. Qué más da aquí vivo que allí muerto, si sé que en ambos sitios haré el trabajo para el que siempre estoy dispuesto.
Porque en mi carácter no cabe la risa, no me río cuando miro a la cultura española, aunque lo haría de buena gana hasta reventar ante esa presencia de carnes blancas, con la blancura de lo puesto al abrigo, de la carne tímida que no ha sido abrazada, que ha pecado en la oscuridad, bajo las sábanas. Presencia sin raíces, animal que no deja huellas, cultura sin memoria, mierda y sólo mierda y llanto sin consuelo sobre la cama vacía de mujeres.
Odio los viajes y me asombra ver a la gente viajar. Yo sólo deseo el viaje de regreso a casa. Un viaje duro y agotador, pero el más hermoso. Cuando encuentre el camino, lo haré. Tengo fe y espero paciente. Regresar a casa, de donde nunca debí haber salido, eso es lo que quiero. Pero estoy perdido y voy lejos, como todos, aunque sé que no hay que ir lejos para encontrar lo mejor, que justo a mi lado se encuentra. Eso lo sabe este pincel empapado en pintura que sostengo en la mano, este pincel que escarba como un azadón, natural y violento.
Quise irme lejos, como Rimbaud quise irme lejos y busqué Etiopías por todas partes, tierras vírgenes donde mis pies se hundiesen para sentir el latido de la tierra. Busqué y busqué, a veces tranquilo, a veces deseperado, y en los inviernos de la Alemania congelada supe hurgar hasta desenterrar la eterna Tahití que yace oculta y palpitante bajo el moderno brillo. Me agaché a besar la nieve, puse mis labios de español ardiente y desacostumbrado sobre el blanco suelo y me pareció que besaba el blanco matador de telas vírgenes.
Artistas emocionados, pensaba yo, ya había habido bastantes. Yo quería ser el artista mudo y supercongelado que matase la vida y a esa Naturaleza que nunca deja de ser frenesí oscuro y molesto, el mismo que me empujaba a preguntarme cosas acerca de mi manera de pintar. ¿Respirar antes de cada pincelada o después? ¿O, tal vez, mantenerme sin respirar mientras mis manos hacían algo tan…? ¿O respirar y respirar?
Cualquier cosa, con tal de no hacer dos a la vez, porque quería ser radical y ultracongelado y que mis brochazos fueran de puro hielo abrasador, como las manifestaciones divinas. Nada de telas llenas de pasión, que gritan en todos los idiomas apenas se las abandona.
Demasiadas voces, demasiadas cosas dichas una y otra vez, y yo deseo silencio y, sobre todo, un espacio vacío de cultura. Quiero pintar en mi casa, donde la pintura seca lentamente y yo puedo tomarme tiempo para pensar. Porque pienso despacio, mientras pinto como si estuviese metido en cama, acierto en todo, adivino lo que sucede aquí y allá y me doy pena a mí mismo cuando estoy lejos, errando perdido y trastornado como un pobre hombre moderno. Se sabe mucho más de las cosas viéndolas todos los días que una sola vez cuando se va de paso.
No importa que muchos, todos incluso, piensen que estoy equivocado, estos son mis sentimientos. Dos o tres, no más, a los que soy fiel, y cuando las malditas tentaciones me empujan, me niego a dar un solo paso fuera de esta enfermedad que me protege día y noche del trabajo del arte, que me mantiene en crisis, enfrentado de cabeza y distinguiendo claramente la salud.
En casa, atareado en lo mío, no sueño en viajar, ni en ir allí donde me dicen que debo ir. En casa, atareado y dándome de frente con lo excepcional, me atengo a mí mismo para las cuestiones de arte y escucho a Dios para el resto, pues Dios, siendo en verdad mucho, no siempre es arte.
En estas cosas pienso y en nada más. En estos asuntos, en esta trabajosa espera que es el arte, y no quiero ir lejos, aunque sé que muchos -los mejores- han tenido que ir lejos para encontrar su casa y pienso en ellos -en los mejores- que tuvieron que ir lejos para encontrar la llave de su taller, la llave enferma de su trabajo.
No abriré la puerta a nadie, la tumba donde me pudro me pertenece por entero. Nada me puede mejo-
rar en lo mío, que me es tan propio y, sobre todo, tan mío, incluso a mi pesar. No deseo ser modificado,
sino ser sólo propio, dolorosamente propio, como propio de las cosas es ser dolorosamente propias, como me es propio interrogarme sobre mis padres cuando representan lo peor de ser padres.
Mientras viví amarrado al hogar, me preguntaba hasta dónde tendría que ir para que la cadena se rompiera, y miraba la cama, la butaca, la cocina, toda esa laboriosidad humana y no encontraba a mi alrededor nada que realmente me conmoviera hasta hacerme sentir su hermano.
Erré por la tierra, buscando y hurgando; yo también fui sincero cuando di mis tres o cuatro pasos para ver más allá de mis narices. Pero, pronto, sentí con alegría que el espacio que ocupaban mis pies me era más que suficiente, incluso me sobraba. Justo el pedazo de tierra que ocupaban mis pies y un pedazo de cielo. Irme lejos a buscar más me parecía como comer dos veces porque abunda la comida o dormir dos noches en una porque sobra el tiempo. Quieto mejor, pues así, creyéndome quieto, he tenido la paciencia, la santa paciencia que toda desesperación necesita para ser calmada.
Desconfío de cualquier tipo de urgencia, de todo ese trabajo hecho de un día para otro, apresuradamente, pero amo los veloces golpes de mi corazón cuando en la quietud semimuerta de mi casa trabajo empujado por lo mejor de mí.
Cuando trabajo con esa amorosa intención, me tomo mi propia vida como una cosa larga que se prolonga sin importancia día tras día.
Y el mismo mar golpea sobre las mismas rocas y eso a mí me gusta. El mismo río pasa noche y día junto al Pilar y eso a mí me gusta. Y yo necesito ver lo mismo una y otra vez, en el rostro de mi madre el mío y, al despertarme cada mañana, ver a mi mujer con su propio rostro y el de mi madre y el mío, y a mi hija con su rostro y con todos los rostros. Y que cada día sea como el otro y nada nuevo, que todo es nuevo en esta nada, en esta monotonía celestial y trabajadora que se repite una y otra vez. Todos los días lo mismo. Esta novedad engendra siete días y es todo lo que hay.
Antiheroes
El antiheroe es un tema de contenido nuevo que coincide en mucho con preocupaciones del hombre de hoy día. Que yo sepa, no hay una visión profunda de contenidos del antiheroe.
Si los héroes han nacido con el sol que se eleva por encima de las nubes que se le oponen, el antiheroe aun remontándose a procesos astronómicos, no encuentra razón mejor que surgir de la psique humana. Un movimiento de origen primario generado por la mente humana y expresado bajo la forma, no de la oposición, si no de lo opuesto, por lo que un antihéroe es justo lo contrario de un héroe.
El antiheroe surge de la fuente humana y nos afecta y nos conmueve su destino porque podría ser el nuestro. Pero así como en el héroe hay mito y sueño, en el antiheroe afirmación del dolor que causan las experiencias en el cotidiano vivir. El antiheroe es una estructura de la imaginación humana de inequívocas huellas, como lo son las figuras humanas creadas conteniendo a la madre, tierra original en la fantasía universal.
En la esencia del antiheroe hay también un rebelde y alguien que fracasa con el consecuente reconocimiento de la realidad de carácter doloroso, por que si el héroe es un residuo de la imaginación infantil, el antiheroe es casi argumento científico sobre el malestar del hombre en la tierra.
En el antiheroe no hay estrellla reveladora del acontecimiento, no hay paz, y menos paz psicológica. Oscuridad y penumbra en la madre tierra oponiéndose al héroe solar. El antiheroe surge de un mundo sin brillo, tierra sin el poder benéfico que renueve su esplendor. Sobre esta tierra, el antiheroe aparece como un hombre sin categoría de ser humano y sin dimensión transcendental alguna.
El antiheroe como forma cultural está asociado al artista y éste a su vez con el elemento mágico de la transformación. Ambos pues, de esencia fertilizadora que en asociación simbólica es de la madre tierra herida contaminada por el centro de energía, por el semen y por el poder.
Naturaleza y ser humano en la imagen simplificadora de un cosmos tripartito formado por un mundo terrestre, por uno subterráneo y por otro celeste. Ni el héroe es el sol, ni la luna el antiheroe, menos aun representado alucinógenos de la creencia en una tierra pura. Los antiheroes son la imagen de nuestro mundo, idea de peligro, de enfermedad y de inminente muerte. Cuerpo humano creado con tierra interpretada en términos de segmentos donde la realidad ordinaria no se distorsiona por visiones irreales.
El antiheroe como imagen figurativa que la humanidad proyecta a partir del acervo acumulado de experiencias poniendo en entredicho el tema de la normalidad psicológica del ser humano, por ser éste a la vez verdugo y víctima hay en él una disociación por la cual el ser humano, se desdobla en un saber que se es, sin saber que cosa se es.
Ambos antiheroe y artista: muerte seguida de renacimiento en un estado de saber, se relacionan estrechamente con las mariposas, con los animales que cambian de piel, como las culebras, o los cangrejos.
El artista como compañero de todos los hombres y también su doble, representa la metáfora modélica para una vida de transformaciones donde el antiheroe siempre queda vencido.
Antiheroes todos nosotros en el grito desesperado por ayuda en el punto mismo de la desintegración. No una fantasía apocalíptica producto de la sociedad en su disgusto, en su basura.
El antiheroe surge de un abismo profundo, prototipo único sumamente antiguo poseedor de los rasgos fundamentales en relación estrecha con las fuerzas de la naturaleza. En el antiheroe no hay nada de carácter fantástico. Son absolutamente bellas en su desnudez, víctimas cotidianas, imágenes producto de un tiempo de guerras y de tiempos de paz obsesionados con la destrucción. No hay en ellos debilidad, pero el hecho de pertenecer a determinados pueblos o minorías los convierte en perdedores, muchas veces a pesar de su tenacidad.
Aquí está la tierra, la carne, los sonidos, el retorno al ultimátum del presente. La intensidad en la descripción es el azúcar en la fantasía y no solamente la imagen de las cosas, sino lo transcendente que existe en el cotidiano vivir, la primacía de la tierra, como raiz de los tiempos. La sumergida versión del hombre surge visible iluminada con la luz que la define como el elemento de única importancia.
Antiheroes sobre cruces, no en la iconografía cristiana sino en sinónimo del movimiento suprematista y su convicción de que de las ruinas surgiría un nuevo orden. Antiheroes como parte integral del proceso de sacrificio, víctimas y relegados en el fondo oscuro de la sociedad.
No no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no.
No al sacrificio de la carne, no al sacrificio de la tierra golpeada como comida podrida. No al amor negativo iluminado por la luz del amancer en el paisaje desierto.
El artista identificado como el antiheroe está en contra de la buena suerte, en contra del contento pero refleja el tiempo la memoria colectiva y su memoria personal. La memoria del mundo en caos.
Los antiheroes son también rebeldes vencidos envueltos en su asquerosa belleza. Son las ruinas de nuestro mundo, de una civilización que se desploma.
Víctor Mira






