SALA 1
Siete cruces de madera invertidas, alegoría de los pecados capitales, aplastan brutalmente grandes dibujos de 100 x 70 contra un zócalo de ornamentación pagana. Se pretende una reflexión acerca de la imposibilidad de la representación, de la ausencia de certezas desde donde pensar el mundo. La hoja blanca de 100 x 70 siempre será el refugio de nuestra memoria, el recipiente donde verter nuestra experiencia, aunque se trate de una experiencia y de una memoria totalmente aplastadas y calcinadas, y así totalmente aniquiladas. La Corona de lápices está compuesta por 180 lápices, por 180 instrumentos del artificio con los que se ha intentado representar el mundo; son el testimonio del sacrificio inútil.
No podemos representar el mundo porque ya no somos capaces de reconocer su forma. Los tres estudios para la Mort du peintre están pintados con carbón y ceniza, últimos estadios de la combustión de la materia, materia que en su última posibilidad todavía tiene capacidad de generar el trazo, de configurar, de dar nombre. Son imágenes manchadas de semen, es el autorretrato definitivo.
SALA 2
Son (pretendía ser) los retratos del Jesús del Gran Poder y del Cristo de la Sangre. Representación de una representación que en el proceso de la construcción del rostro sufre un quiebro que abre el abismo de la creencia, ya sólo podemos reconocer la corona de espinas y a partir de ahí certificar la imposibilidad de hacer una imagen que coincida con uno. El rostro se geometriza, la trama racional domina la superficie y establece un vínculo híbrido entre dos antagonismos: entre el mundo del pensamiento y el mundo de la pasión. Finalmente, una imagen no es más que un coágulo de experiencia incomunicada. Las columnas aplastan los rostros. Los rostros tienen cuernos y los cuernos son deseos fosilizados, un compacto de lo no realizado, de las frustraciones. Son columnas que no sostienen nada, sólo aplastan unos rostros (autorretratos) que ya no pueden ver, que han perdido su capacidad de ver y, por tanto, su capacidad de nombrar.
Lo sagrado ya no son las cosas, sino la revelación de uno en las cosas.
SALA 3
La serie L´arbre de Piet pretende un acercamiento al entorno teórico de la abstracción pura. El árbol sagrado sobre cuyas ramas se articula la reflexión que conducirá el objeto al grado cero de su representación y, por tanto, a su disolución definitiva. Ese es el diálogo fundamental entre naturaleza y pensamiento. Una vez ya ordenadas las ramas del árbol, solo queda la esperanza del paisaje en el germinar de la estructura geométrica, aunque posiblemente ya no sea más que un paisaje calcinado, baldío.Y así, las flores solo sobrevivirán si son regadas con tinta negra que permita representarlas una y otra vez, hasta el infinito.