SIN CONSUMAR, SIN NOMBRE, SIN SALIDA
SIN QUEJIDO (Reflexión pública donde se duda de la existencia del objeto Quejido)
Tras asumir que, en la medida en que es a mí a quien corresponde ser el sujeto, todo lo que no sea yo/sujeto es otra cosa/objeto, uno establece un sencillo turno de preguntas que dan pie a una composición de lugar según la que se afirma, se niega o se duda de la existencia de un objeto. Podría estar dudando de la existencia de este mi lapicero de grafito con el que empiezo a exponer públicamente mis dudas sobre la existencia del objeto Quejido. Bien podría, desde luego, y dudar hasta de mi propia existencia. Pero una decantación sencilla me ha permitido desnudar las dudas sobre la existencia del lapicero (las que caen sobre mí propia existencia son otro tema). No así en el caso del objeto Quejido sobre cuya existencia, dado su esquivo juego con mis preguntas, ha caído mi duda. Para quien convenga, a bien tengo enumerar y transcribir las fases de esta reflexión pública donde se duda de la existencia del objeto Quejido.
PRIMERO: DE LA NATURALEZA (O LA CONSTITUCIÓN DE UN OBJETO)
Llegué a la conclusión de que esto es mi lápiz porque le vi nacer y porque, además, tras su nacimiento, una serie de avatares se sucedieron para poner orden y constituir su biografía. Yo, luego es mío, compré en un espacio especializado, una papelería, un objeto lápiz de madera, franjeado en negro y amarillo, con una larga mina de grafito y tatuado en un extremo con las grafías GERMANY STAEDTLER NORIS 120 2HB. Había nacido mi lápiz. Su tamaño, al nacer, era de 17,5 centrímetros de los cuales he ido consumiendo más de tres cuartas partes, por lo que pronto dejarán de acompañarle los acontecimientos. Su nacimiento y su biografía le han dado una naturaleza con la que saciar el primer requisito para su existencia. Pues bien, también el objeto Quejido ha nacido y le han ido sucedido cosas, acontecimientos o avatares. Parece que tiene una naturaleza concreta. Así al menos me lo demuestran esos papeles de tono autobiográfico que alguien dejó sobre mi mesa de trabajo y las pinturas, los poemas, lienzos, carteles y escritos que parecen ilustrar esa biografía. “Nací en Sevilla el 12.12.46 y se trasladó la familia a Madrid en 1960. Tenía 17 años cuando mi hermano Enrique y yo comenzamos a conocer en Madrid obra de los pintores españoles del 50, lo que vino a renovar nuestra gran curiosidad por la pintura moderna y ponernos al corriente de las últimas cosas que se hacían por ahí en el 64. (…) me impresionó la obra de Saura (…)
El POP se daba a conocer y las noticias aunque mínimas me sorprendieron. Comprendí el “gusto dada” (…) Rauschenberg, J. Johns, y Arman y especialmente Wesselman (…) Anteriormente el Tàpies de los objetos me había indicado, al igual que Millares, cual era la dirección del flujo en estos planteamientos (…) Velázquez en el Prado se me presentó como el punto más fuerte propuesto en pintura. Tras él, la larga cadena encabezada por Goya, del asalto a la razón (…) llegaban noticias de los años optimistas de la Bauhaus (…) Nos encontramos Marisol y yo, y tras las primeras obras geométricas comenzamos el trabajo de las Secuencias (…) Esto surgía al tiempo de mis lecturas de lo que llamamos filosofía en general y ciencia en particular, una gran atracción espiritual produjo en mí lo que iba conociendo de la cultura oriental, sobre todo lo Zen en el Zen (…) conocimientos matemáticos mínimos y una lógica sana, lógica ésta que se me inscribía en el curso de la obra y que es el substrato lingüístico básico de mi hacer (…) 1974 (…) Durero, el Surrealismo y Velázquez-Tohaku, todos puntos emanantes de la sonrisa leonardina. Dolor, onirismo y ocultación (…) Hasta aquí he intentado “narrar” ordenadamente algo que en sí no se somete a ninguna disciplina (…)”1 Quizá estas palabras que subrayo con mi lápiz de grafito sean la única evidencia de que el objeto Quejido existe. Pero no por ellas puedo tener la certeza de que el objeto Quejido tiene una existencia. Verán, tal vez sólo existe en la imaginación de algún meticuloso dramaturgo capaz de construir una veraz biografía, darle un lugar de origen, otorgarle una naturaleza casi palpable y ser lo suficientemente animal (en el buen sentido) de abandonarlo en una escenario verista para que actúe según los dictados previamente maquinados. Quizá el objeto Quejido no sea más que un personaje meticulosamente construido y encajado, así que debo seguir dudando.
SEGUNDO: DE LA CONDICIÓN (O CÓMO RECONOCER A UN OBJETO POR SUS MANERAS)
Recuerdo una fábula feroz sobre la condición de los objetos. Un día, cuando el bosque se vio inundado por unas lluvias torrenciales, un escorpión le rogó a una rana que, sentándolo sobre su lomo, le ayudara a cruzar el río cuyo caudal, a causa de la tormenta, amenazaba con enfurecerse y desbordarse. “Pero, ¿cómo voy a llevarte – dijo la rana-, acaso crees que no sé que vas a picarme? Contra lo que el escorpión argumentó: “¿Cómo voy a picarte, moriríamos los dos y no lograría alcanzar la otra orilla?”. “Cierto”, dijo ella y confiada, se cargó el escorpión a la espalda. Pero a medio cruzar el río, la rana notó cómo se clavaba en su espalda el aguijón envenenado del escorpión. “¿Por qué lo has hecho?”, preguntó sorprendida, “Ahora moriremos los dos”. A lo que el escorpión, alzando los hombros, respondió: “Es mi condición”.
Terrible. Pues bien, aunque menos ejemplar, también mi lápiz de grafito tiene su condición: siempre escribe en negro. Si escribiera en rojo ya no sería mi lápiz de grafito sino mi lápiz de color rojo. Pero la duda insiste en acompañar al objeto Quejido porque ¿cómo reconocerle?, ¿acaso no muestran sus trabajos las maneras de cientos de objetos? De la posesión casi demoníaca del espíritu expresionista, pasamos
a una crítica corrosiva contra la sociedad de consumo a la manera del POP. De la sobriedad de unos colores planos, casi de tebeo, a la ebria y dionisiaca afluencia de colores y formas de Matisse. ¿Y no deambulamos por esas telas de la abstracción anticipada por Cézanne al orden metódico del realismo de tinte norteamericano, de la realidad humildemente perpetuada (Sin nombre) a la metáfora (El parto)?
Suyos son algunos poemas visuales, algunos ejercicios de poesía concreta; tan suyos como esos escritos-crípticos-críticos-irónicos sobre la pintura. Suya, en definitiva, es esa mirada que arrastra por el cuerpo de la Pintura hasta hacerlo transparente. Suya aquella visión extática suspendida tras el espejo que ve estallar una menina y como, encajado a duras penas sus fragmentos, se recompone y se acerca al espejo a azuzarse el cabello [“(…) para mí Picasso y Matisse son los dos ojos cuya profundidad me hace ver tras Matisse a Ingres y a Tiziano, y tras Picasso a Goya y El Greco. En el espejo llamado Cézanne deseo ver a Velázquez.”]2 Si Nietzsche asesinó a Dios, Foucault ayudó a asesinar al autor. Desde entonces, aunque algunos grafiten en los muros que el que ha muerto ha sido Nietzsche y que Dios vive, no existe el autor sino aquello que los lectores imaginen como tal. Sólo existe un poeta, decía Borges, sólo un poeta y cientos de fragmentos, miles de fragmentos desperdigados de ese único poeta.
No, el objeto Quejido no pinta siempre negro. Y sí, el sujeto firmante, duda.
TERCERO. DE LA FUNCIÓN (O DE LAS ACTITUDES DEL OBJETO)
Mi lápiz sólo tiene una función cuando lo tomo entre mis dedos y lo encaro a un trozo de papel, a un cartón, a una cajetilla de tabaco o a lo que sea: trazar líneas de grafito, trazos intrínsecamente más o menos coherentes, reconocibles, hábiles o sensatos. Desde luego, nadie me impide que lo use como regla improvisada, como frontera entre el caos y el orden en el territorio de mi escritorio o como atrezzo en la puesta en escena de una bacanal de estilográficas. Ni nadie me negará que su función, que junto a la naturaleza y a la condición, define su existencia, es la de trazar líneas negras, o grises si a estas alturas alguien se pone quisquilloso. ¿Qué sucede con el objeto Quejido? ¿Tiene una función única, peculiar, que confirme su existencia y aparte de mí esta duda? No.
Cuando estamos a punto de afirmar que hemos detectado la pintura como funcionalidad necesaria para que cristalice el objeto Quejido, un elemento foráneo se asoma a nuestra retina y precipita la duda. Pues ¿pinta el objeto Quejido para escribir, para construirse y de-construirse, para poder pensar los esquemas eléctricos de su pensamiento, para ordenar el azar de la poesía concreta, para aglutinar los elementos compositivos de la poesía visual? O bien ¿escribe para pintar y de-construir el pensamiento en construcciones eléctricas de una poesía visual que construya los cimientos de una poesía concreta alumbrada por su pensamiento? o ¿piensa para poder escribir, para rimar las conexiones de la corriente eléctrica de su pintura y de-construir la poesía concreta mientras construye la poesía visual?, ¿tal vez es uno de esos fragmentos repelidos por el cuerpo de la poesía que da vueltas y vueltas, como un satélite olvidado, sin poder des-plomarse y detenerse por acción y gracia de la fuerza centrípeta de su pensamiento, de su escritura, de su pintura?.
No seré yo quien se atreva a ponerle cortinas al cielo o puertas al campo. Sólo me atrevo -y no es poco- a seguir dudando.
CUARTO. DE LA UBICACIÓN (O DE LA GRATA NOTICIA DE UNA EXPOSICIÓN QUE PUDIERA QUEBRAR LA SOLIDEZ DE UNA DUDA).
Al margen de lo extravagante que a algunos pueda parecer este último requisito, yo sé que mi lápiz es tal porque al sentarme frente a mi mesa de trabajo, siempre está ubicado a mi diestra. Quizá rezuma este requisito rasgos oscuros y caprichosos de mi personalidad, quizá sea algo esquizoide y refutable. Pero ese es el cuarto elemento que define la existencia de mi lápiz de grafito: su ubicación. En este sentido, llegan gratas noticias que reconducen el curso de mis pesquisas sobre el objeto Quejido pues parece que el dicho objeto, sus efectos (su naturaleza, su condición, su función) y parte de su trabajo van a darse cita en un espacio y tiempo concreto: van a tener una ubicación en la Galería Miguel Marcos (calle Jonqueres, número 10, a partir del mes de Abril del año 1999, para más señas). Esta va a ser, además y a pesar del considerable peso de su presencia en otras latitudes, la primera ocasión de reconocerlo en un espacio determinado: Barcelona. Nada más complaciente pues si bien dudo de la existencia del objeto Quejido, no he dudado nunca de la existencia del trabajo que a él se le atribuye, de un trabajo que va a desplegarse en tres series para ocupar las paredes de la galería. No dudo que derrocharán existencia los cuadros pintados sobre chapa de aluminio que consuman lo consumible (SIN CONSUMAR), las latas recicladas como objetos de arte tras limpiar ingeniosamente sobre ellas los pinceles, que cuestionan irónicamente los sistemas sociales de valoración de la obra de arte (SIN SALIDA); las escenas que recuerdan aquello que nos pasa, escenas retenidas por trazos gestuales y una paleta insobornable, instantáneas de una historia que se auto-construye y se auto-consume perpetuadas gracias a la práctica de la pintura (SIN NOMBRE). Todos ejercicios tan eclécticos como bellos, frente a los que debo enmudecer y rendirme dada la evidencia de una existencia que ellos mismos reclaman a gritos.
Sería una gran ocurrencia que, además, el objeto Quejido existiera.
M. José de los Santos Auñón






