PINTURAS
Charo Pradas (Hoz de la Vieja, Teruel, 1960) pertenece a una generación de pintores, cada vez más influyentes en el ámbito internacional, decididamente dispuesta a devolver a la abstracción su poder de significación. Afortunadamente, nos hallamos ya lejos de la tiranía del formalismo que pareció acabar con la pintura en los años sesenta, reduciéndola a la condición de mero ejercicio metalingüístico. Y lejos de posicionamientos dogmáticos y académicos, artistas como Charo Pradas no solo nos devuelven la fe en las posibilidades de la pintura, sino que lo hacen de forma brillante y espectacular.
Pradas comenzó su carrera pintando ambiguas formas orgánicas. Con el tiempo, éstas se han ido simplificando hasta convertirse en espirales, muelles y espacios pulsantes, reflejo de los gestos pictóricos que han provocado su configuración. Pero más allá de la evidente delectación con la que se subrayan efectos ópticos u ornamentales, estas pinturas de colores extraños se convierten en una meditación sobre la naturaleza del arte como actividad física y mental. Y más que disposiciones ordenadas de formas y colores sobre una superficie plana, testimonian un intento de plasmación de la indetenible mutación de todo lo visible.
La obra de Charo Pradas exige la decidida participación del espectador, que vive ya en un mundo en el que la cibernética y los ordenadores son moneda corriente. Sus espacios futuristas podrían parecer ilustraciones objetivadas de ciertas asunciones científicas, asumiendo también las lecciones de la modernidad en sus vertientes más metódicas. Pero, quizás, la mayor fuerza poética de su trabajo se halle en el hecho de compaginar preocupaciones tan avanzadas con una técnica artística tan primitiva como la pintura, demostrando en todo caso su efectividad para hablar de los problemas que hoy nos preocupan, además de los que nos preocuparán siempre.
Enrique Juncosa






