PRELUDIOS – INTERLUDIOS

JOSÉ MARÍA YTURRALDE
02.12.1999 - 15.01.2000

Interludios como transiciones

La pintura de José María Yturralde durante años nos situaba en el límite relacional entre el universo artístico y la proximidad de la ciencia. Sin embargo, en sus trabajos, lo científico, ocultaba la estructura de su razón de ser, fagocitado como nutriente necesario con el que realizar la hilazón del trabajo estético.

Desde la segunda a la cuarta dimensión el laborar de Yturralde discurría sin perder la conducción de la artisticidad, como un reto renacentista por el conocimiento, vehiculado por el laboratorio, en el que siempre se planteaba no tanto la solución del problema como el enigma de una sucesión de incógnitas tras la que siempre caminaba la pasión por el transcurrir de la cognición.

No es que estableciera un discurso fundamentalmente epistemológico, pero sí un planteamiento transitado de preguntas, en el que las respuestas parciales daban paso a una nueva situación plagada de distintas posibilidades. Espacio abierto que cubría periodos extensos, desde el acabamiento de los años sesenta hasta el final de la década siguiente. La “imposibilidad” de lo percibido actuaba como un estímulo en el espacio pictórico, seguido de las figuras tridimensionales capaces de alzar el vuelo, como incógnita permanente planteada en el espacio natural.

Es posible que la génesis del trabajo de Yturralde provenga de una preocupación ante el vacío. Entendido como ausencia primigenia sobre el que la mínima variación adquiere una gran intensidad. En cualquier caso parece indudable que a lo largo de todo su trabajo traba una relación dialéctica con la presencia, de cuyas variables tensionales surgen buena parte de sus obras.

Pero no sólo es aquel el elemento sobre el que se articulan los valores determinantes, puesto que en sus pinturas -especialmente a partir de 1985- el tiempo adquiere naturaleza de acontecer. La línea “fuerte” habita no tanto en el vacío como en el espacio sobre el que interactúa. El color se desplaza y se expande ocupando un inevitable suceder. En ese discurrir el límite entre la existencia y la nada se desvanece y siguiendo la ley de la transformación inexorable de la energía, la 

superficie pictórica adquiere la naturaleza de un relato en el que no sabemos si existe un antes, pero en el que indudablemente asistimos a un después. Fue aquella una época en la que la temporalidad carecía de medida mientras afirmaba su presencia. El universo científico dejaba paso a una filosofía de la existencia en la que el autor no hacía sino plantearnos la verosimilitud de sus atenciones recién nacidas.

Con el comienzo de nuestra década consideraba un distinto planteamiento con una serie a la que denominó Preludios. Tal vez por afinidad con el término musical, que tantas veces viene, más que a anunciar, a resumir la obra. Para Yturralde en aquel momento el espacio pictórico continuaba siendo el de una intervención sobre el  que incorporaba, empero, variables transgresiones: la aparición de la incertidumbre y la sorpresa, la inestabilidad, el desplazamiento o la inquietud de la asimetría. Alcanzando progresivamente el encuentro con una pintura más humanizada, en su inmaculada pulcritud. Sin embargo, a pesar de estas incursiones hay una voluntad consciente de permanecer próximo a la metáfora, probablemente porque no desea abandonar la radicalidad de la perfección en el lenguaje, mientras no renuncia al planteamiento trascendente. No debemos olvidar que nos hallamos ante un autor que transforma su quehacer en un continuo existencial del que no quiere desprenderse.

Optimizar el espacio con el dominio del procedimiento no deja de ser un rito, afortunadamente siempre inacabado, sobre el que gravita el suceder de la creación distinta, desarrollada y congruente con la pintura.

(…) 

La pulcritud de estas obras nos introduce en un universo metafórico de mayor intensidad, si cabe. Inicialmente el enlace significante entre las formas geométricas que la componen ha variado de tal modo que, tanto la estructura estética como los equivalentes visuales, han experimentado una distinta proyección. La relación entre los planos que compone la superficie del lienzo es de menor contraste, lo que no interpretamos como equivalente a una disminución de su intensidad. Más bien al contrario, al introducirnos, a través de la pequeña matización, en un mayor misterio. ¿Qué es lo que existe en el espacio, qué mínima variación introducida altera el conjunto en una dirección significante? ¿Por qué la levedad en la saturación de una forma geométrica cambia cualitativa-

mente el sentido de la obra en una determinada dirección? No sólo nos hallamos ante un reto epistemológico, sino ante una realidad provocada que debemos resolver según nuestra experiencia, pero que en la pintura actual de Yturralde alcanza un elevado contenido conceptual, abierto a las interpretaciones. En unos casos la claridad del aura que emerge por los lados nos introduce en la evocación metafórica del eclipse o del amanecer. Espacios de grandiosidad y de sorpresa cuya lógica científica no logra desvanecer su misterio. En otras es la presencia calma de una estructura casi intuida la que nos lleva a la reflexión sobre los matices de la existencia.

La disolución de los límites de las formas también constituyen la provocación ambigua de su presencia, mientras la alteración de los colores planos por matices de alterada claridad permite sugerirnos la arribada de una transparencia, de una existencia a través de. En definitiva,  de una relación espacio-temporal indeterminada que recala en el espectador como una actitud proyectiva, como una transición.

No asistimos a la desaparición de los límites como a la alteración de sus relaciones configuradas en el espacio. Lugar polisémico (superficie, cosmos, ausencia, soledad) en el que el autor encuentra el referente ambiguo para establecer sus relaciones.

Nos situamos ante el ejercicio abierto de la minuciosidad. Ante la provocación participativa a través -paradójicamente- del ensimismamiento. Al mismo tiempo que ante la conjunción armónica entre el equilibrio, la sensualidad y la trascendencia.

Manuel Muñoz Ibáñez

(De José María Yturralde. Preludios -Interludios, 1997)