DESALOJAR EL ROSTRO
La Galería Miguel Marcos presenta Desalojar el rostro, una exposición de Bernardí Roig que reúne una selección de trabajos recientes —esculturas, pinturas, dibujos y una obra audiovisual—. Un conjunto de piezas que encierran la mirada en la profundidad absorbente del negro y nos atrapan en el calambre ocular que provoca la luz fluorescente.
La raíz común de las imágenes es la experiencia del cuerpo. Los trabajos son dibujos expandidos que reflejan una pulsión que habla de la pintura como derrota y de la necesidad de interpretar la representación de la caducidad del cuerpo para ubicarlo en una dramaturgia del espacio. Constituyen la síntesis de un universo afacetado, un barroquismo de metáforas elaboradas que, a través de una narrativa exagerada, revela una cordillera de obsesiones y obstinaciones que combate la incomunicación del individuo ante un destino condenado a la extinción.
Desalojar el rostro es liberarlo de la tiranía del tiempo y de sus surcos, una forma de enunciar el vaciado de rasgos y atributos acumulados en un rostro para producir una identidad pactada y situarnos, así, frente a nuestra propia bolsa de sombras.
El trabajo de Bernardí Roig, asumiendo las contradicciones heredadas del minimalismo, utiliza el espacio como materia prima donde insertar la figura, una figura que se acopla a su verdad oculta y que, atravesada por un exceso de luz, nos habla de una memoria que se ha ido enquistando hasta borrar los temblorosos bordes de su representación.
Una figura de aluminio, Homo Lux (2025), a tamaño natural, domina el espacio de entrada a la galería. Es una escultura que surge de un molde, el lugar donde hubo un cuerpo, una presencia fantasmática, figural, transitoria e insegura. La imagen representa a un hombre semidesnudo y patético, una suerte de gólem monástico, meditativo y victimizado, cargado de resonancias y alusiones a una masculinidad desahuciada. Lleva el pantalón desabrochado, metáfora de su exceso de realidad, porque ya no cabe ni en su propio sudario. Le cubre el rostro una máscara de rejilla y está atravesado por una luz fluorescente que genera una sensación de inestabilidad y ligereza visual.
Tres grandes pinturas sobre terciopelo negro, Pinturas Negras (2025), absorben la luz del espacio. Son imágenes de cuerpos trazadas con delicadas y trémulas líneas blancas que fisuran la densidad del negro, dejando que la luz se filtre. Funcionan como grietas en nuestra oscuridad, como tajos en la noche definitiva. Son pinturas des-figurativas que actúan como espejos en los que se refleja un cuerpo que caduca, el nuestro.
Frente a las Pinturas Negras, una serie de pinturas sobre tabla, Black-Father White (2018-2025), retratos de luz que buscan capturar la semejanza en el rostro del padre del artista. Podrían considerarse imágenesacheiropoietas, imágenes non manufactum, no hechas por la mano del hombre, como la Verónica o la Sábana Santa de Turín. Son como un hálito que coagula destellos de luz adheridos a la superficie de la representación en un extremo grado de fragilidad. Se podrían entender como imágenes reveladas, apariciones más que presencias, aunque no lo sean.
Homo Aluminium Black (2025) y los dibujos de la serie Aristocrazia Nera (2015) nos obligan a bajar la mirada y situarla a un metro del suelo. En esa sala, el punto de vista se coloca a la altura de los ojos cancelados de una figura de aluminio de 90 cm, que ha pisado con el pie izquierdo el charco de pintura negra que se derrama del primer escalón del walldrawing (2016) de David Tremlett, una pirámide de formas en ángulo que domina el segundo espacio de la galería. Homo Aluminium Black es una figura desdichada que ya no quiere ver ni oír y que, de tanto taparse los oídos y cerrar los ojos, ha desfigurado su rostro, del que se han ausentado los rasgos que conferían una identidad garantizada.
Los dibujos de la serie Aristocrazia Nera son una interpretación en caída libre de los dibujos de familias de J.D.A. Ingres, que nos hablan de la pulsión de insatisfacción que late tras una escena de felicidad. La extrañeza y la inquietud palpitan en las profundidades reprimidas del interior burgués del bienestar, todo aquello que debería permanecer oculto y secreto, pero que se ha manifestado.
De-visager (2022) son treinta segundos de eterna sesión continua -y en deuda con Bergman-, el primer plano de una anciana cabeza sin género se arranca la máscara de su propio rostro para mostrar, una y otra vez, ese mismo rostro. Una infectada circularidad temporal donde lo revelado es precisamente lo mismo que lo oculto. Una imagen insistida, sin piedad, que muestra todo el territorio incautado a la semejanza. Lo mismo es lo mismo que lo mismo…
B.R.






