La obra de Cesc Abad (Barcelona, 1973) se sitúa en un territorio híbrido entre la pintura, la escultura y la experimentación material, donde la naturaleza, la figura humana y el paisaje adquieren una dimensión simbólica. A través de un lenguaje visual propio, el artista construye universos que oscilan entre lo orgánico y lo artificial, explorando conceptos como la identidad, la transformación y la relación entre el ser humano y su entorno.

Sus trabajos, a menudo marcados por una estética que combina lo figurativo con lo abstracto, generan una tensión entre lo reconocible y lo ambiguo. En ellos, la materia, la textura y una atmósfera suspendida juegan un papel fundamental, dando lugar a superficies que invitan a una lectura tanto sensorial como conceptual. La presencia recurrente de elementos naturales y cuerpos fragmentados configura un imaginario que remite a paisajes emocionales y a narrativas abiertas, en las que el espectador se convierte en un agente activo de interpretación.