UNA MIRADA

COLECTIVA

STEPHAN BALKENHOL, THOMAS HIRSCHHORN, DENNIS HOLLINGSWORTH, GLEN RUBSAMEN, BILL THOMPSON, BALTAZAR TORRES

“El ojo que ves no es –rezaba Antonio Machado–, ojo por que lo veas, es ojo porque te ve”. Con tan simples palabras resumía el poeta andaluz la andadura recorrida por el espíritu humano entre finales del siglo XVIII –con los artículos de Addison en The Spectator– y las evolucionarias vanguardias. Por el camino, se añadirían la Historia del ojo, de Georges Bataille, el ojo cortado por la afilada navaja de Buñuel, o el lienzo inaugural de Dalí Le jeu lugubre –que podía ser leído como “les yeux lugubres”–; Freud teorizará sobre el retorno de la mirada del otro que no es sino nosotros mismos, incapaces de reconocernos en el reflejo, y Valle-Inclán deformará los héroes clásicos en el castizo espejo del callejón del gato matritense alumbrando el esperpento.


La mirada sustituye al ojo, en el nuevo estado de espíritu humano que conducirá a la contemporaneidad. La mirada del otro, objetualizada, nos enseñará a ver el arte de mil formas distintas, más allá de la mera representación trampantojil, o su significación trascendental y moralizante. Es la deshumanización del arte, mal comprendida como concepto, pues nunca éste había sido tan humano o, en palabras de Nietzsche, “demasiado humano”.

Precisamente, la historia del arte es un estorbo para su propio estudio, cuando de miradas simplemente se trata. Se pretende clasificar, etiquetar, encajonar conceptos –llamados, propiamente, movimientos–, y relacionarlos a tiro de flecha asociativa, dejando de lado al pionero de la crítica de arte –d’après Diderot– y poeta maldito, Charles Baudelaire, y su teoría de las correpondencias.

Los seis artistas internacionales agrupados bajo el epígrafe “Una mirada” para esta exposición, en la galería Miguel Marcos, son hijos de la evolución del ojo como sujeto activo de la obra de arte, sus obras son concebidas como ojos porque, según Machado, “te ven”, penetran en lo más íntimo de nuestro ser, y extraen, más allá de su técnica y cualidades formales, correspondencias a veces inexpresables de otro modo que el de la intuición.

Se trata de seis artistas nacidos entre 1956 y 1961, pertenecientes a una misma generación vital, hijos de la segunda posguerra mundial, de la sociedad del bienestar occidental, del consumismo como bien material y espiritual, de la gran tradición artística y de la cultural popular estandarizada, hijos, en fin, de una globalización que adquiere tintes de mirada omnidireccional; como la predicha por George Orwell en su novela ensayo 1984 (1948), como la anunciada por el gurú de la posmodernidad Paul Virilio en Videoscopia.

Una mirada a un tiempo individual, caleidoscópica y universal, nos permite salvar las distancias formales, técnicas, estilísticas, entre trazos evolucionados libremente de la cultura del informalismo, del pop art, del hiperrealismo como manierismo, de la deconstrucción objetual posmoderna, para conducirnos, más allá de la dimensión objetual o de la iconografía bidimensional, hacia un bajo continuo que expresa d’orsianamente “las palpitaciones de los tiempos”: la interrogación acerca de la naturaleza humana y su fortuna cósmica.

Ya sea a través de las esculturas talladas a mano de Stephan Balkenhol (Alemania, 1957), seres que participan, más bien, están enraizados, en su propio pedestal, solitarios, esperando a Godot, en su altiva pequeñez; del hiperrealismo californiano de Glen Rubsamen (USA, 1959), formalista hasta el descrédito del concepto de realidad; de los collages eróticos de Thomas Hirshhorn (Suiza, 1957), en perpetuo combate contra el mecanismo inagotable de la representación; de las orografías matéricas de Dennis Hollingsworth (USA, 1956), a un tiempo micro y macrocosmos, interrogantes abiertos al sentido de la existencia; las minimalistas, pulidas, aerodinámicas y cálidas presencias de Bill Thomson (USA, 1957), revisión objetual más allá del pop art y de Duchamp, con el laconismo por bandera; o las abigarradas instalaciones de Baltazar Torres (Portugal, 1961), pequeñas representaciones del sinsentido racionalista habitadas por diminutos seres, casi esbozados, representando nuestra capacidad de observación, devolviéndonos la mirada perdida del ensimismamiento.

Seis miradas que son una sola, hijas de un mismo espíritu, más allá de la geografía y la tradición particular. Porque, aunque tengamos dos ojos, sólo tenemos una mirada. Una rica, compleja, contradictoria mirada capaz, a un tiempo, de ver lo universal en lo particular.