SOL-EDAD

RAFA FORTEZA

La obra de Rafa Forteza, adopta las formas objetivas heredadas de la tradición para constatar las reacciones y los efectos que provocan en su interior, dejándolas actuar y fundiéndose en ellas. Sobre la superficie del lienzo se representan círculos, manchas redondeas o abreviaciones. Formalmente, la fuerza de las obras del artista procede de la tensión entre las líneas horizontales y verticales, por un lado, y de los extensos cuadrados, por el otro. Las formas con dimensiones claramente determinadas, ya sean cerradas o abiertas, llaman poderosamente la atención, atrayendo la mirada hacia su interior y a veces incluso hacia algún lugar más allá de ellas mismas. La tensión fundamental de estas obras reside precisamente en esta relación entre la línea y la superficie, entre el centro y la periferia, la gravedad y la ingravidez, entre las líneas que se cruzan y se entrecruzan,. Las intersecciones, que aparecen a veces en varias capas, apuntan a lo misterioso, a lo desconocido. En este preciso momento cobran sentido las obras del artista, porque ponen en movimiento no sólo la imaginación del observador, sino sobre todo al observador en sí mismo, siempre que éste se acerque a la tensión y se deje invadir por ella. Cuando esto ocurre, el observador se ve obligado a dar vueltas alrededor de la obra en busca de una persepectiva esclarecedora, y por tanto a dedicar un tiempo a la observación. Al salir de su reserva, acaba relacionándose con la obra a través de sus movimientos, y finalmente se identifica con ella.

 

 

Por lo tanto, nos encontramos ante un campo semántico complejo y lleno de matices que enlaza con la sutileza de las obras de Rafa Forteza. Acercamiento y distanciamiento son parte integrante de estas imágenes, que se alzan en un diálogo coherente con el observador. Habitualmente se distingue entre los rostros abiertos y los cerrados, es decir, entre aquellos que se exponen libremente a la observación y aquellos que permanecen encerrados en sí mismos, siempre que no se vean expuestos a una mirada atenta e inmisericorde.

 

 

Forteza propugna comenzar desde una introspección que lleva a la germinación, a través de la cual se va a ver que hay algo que uno mismo desconoce de sí mismo. Ahí está el calado pictórico plástico que revisten muchas de sus obras, que dejan traslucir lo que unos elementos básicos, la tierra, el fuego, el aire, el agua, van a mostrar como han moldeado aquella semilla intransferible que es cada uno, pero que no es por la introspección.

 

 

En estas obras se empieza a construir desde dentro; no hay que percibirlas desde fuera, por sus analogías con nuestros hábitos perceptivos. Los elementos que compone en sus obras van surgiendo dinámicamente desde los huecos, desde los vacíos. No se puede proceder a verlas estáticamente, como máscaras, hechas, confeccionadas. Es preciso orientar la actitud no solo del que hace la obra sino de quien la contempla, pues mientras este, si no está preparada al observarla, busca por la cultura lo que ya sabe de lo que ve, lo que hay que hacer es darse cuenta de que la obra emerge de ella misma, de sus diferentes núcleos de fuerza, lo que impone una visión dinámica, que es la única que nos pueden revelar el sentido y la dimensión de la obra.