SEMPRE! SEMPRE!!

JOAN BROSSA

Brossa es un creador inclasificable que, sin embargo, ha sido, simultáneamente, calificado como dadaísta, surrealista y conceptual.  Junto a su indagación en el espacio tropológico del vocabulario fue capaz de entregarse con pasión a la escritura del soneto, convertido en síntesis de abstracción y realidad.  Algunos de sus ciclos poéticos son un ejemplo extremo de automatismo, algo que también admiraba en Miró.  Su interés por la magia está, ciertamente, presente en su singular combinación de lo prosaico y lo poético.  Desde Escorça (una corteza de un tilo encontrada por la calle y montada sobre una pequeña base de madera) su primer objeto realizado en 1943, el mismo año en el que publica su primer libro La bola i l’escarbat, realiza una obra de una coherencia extrema, con una tonalidad lúdica y, por supuesto, reflexiva. 

 

 

Podríamos recordar algunos de sus objetos poéticos: un martillo junto a un naipe construido por las mitades del diez y la dama de corazones, una bombilla en la que está escrita la palabra poema, un jabón marcado por la huella dactilar, unas hojas otoñales sujetas burocráticamente por un clip, una barra de labios herida por un palillo, un dado redondo o una pareja de dados dentro de un porrón, un balón de fútbol afanado con un chupete, una baraja candada.  En sus propias palabras, estas cosas yuxtapuestas, metamorfoseadas, sometidas a lo metafórico, son “tracas, sorpresas japonesas… a precios reducidos”.  En verdad todo pensamiento emite un golpe de dados; escribir es dar espacio a la magia cotidiana.  Aquella que se cumple en el desplazamiento del espacio de la letra expandida de Mallarmé hasta la imagen surrealista inscrita bajo aquella paradójica fórmula del Conde de Lautréamont: “bello como el encuentro casual de un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección”.

 

 

Hay una fotografía en la que se ve a Brossa comiéndose algunas cartas de una baraja, en un momento de extraña voracidad o truco: el azar se vuelve comestible.  Este raro artista, fundador de la revista Algol (1947) y activista fundamental en la peripecia de Dau al set (1948), estrechamente ligado a Tàpies, se dejó llevar con gusto por la sorpresa, el azar y el transformismo que para él ejemplificaba a la perfección Frégoli. 

 

 

Según Gimferrer, es en el ámbito de la visión mágica de la naturaleza donde se desarrollan las tres obsesiones más características de la poesía brossiana: “la personificación o, más exactamente, el animismo; la repetición, y, finalmente la interrelación del mundo natural y el mundo de los objetos del hábitat humano”.  Un libro decisivo de Brossa es el que lleva el curioso título de Me hizo Joan Brossa; Cabral de Melo advertía la emergencia de la realidad en esos poemas, después de haber realizado las prosas y el teatro de alucinación sistemática, con los cuales ha buscado el quinto pie del gato y la séptima cara del dado.  Ahí se impone el estilo antipoético o, mejor, concreto, en el que Brossa se aparta de la “atmósfera impregnada de magia de cartón-piedra”.  Desde los fascinantes cuadernos de poesía visual que realiza en 1959 (Suites) hasta acciones y obras teatrales como La Suite bufa (1966) va afianzando este creador su universo de movimientos sutiles, seducción teatral y, sin embargo, cercanía familiar.

 

 

En última instancia, el método de trabajo de Brossa es la vida; él contempla y recoge lo que pasa, modifica objetos, transcribe conversaciones, da rienda suelta a su sentido del humor en el que lo común está dispuesto en una clave ilógica.  Recordemos un poema de Brossa: “ENTRE CARPINTEROS./ - Ahora, para retocarlo, para que ajustara/ del todo, había que quitar el listón de delante./ - ¿Y si apretáramos un poco más la madera?/ - ¿Qué quieres decir con apretar? Es de la parte de atrás/ donde roza./ - Ah, de la parte de atrás…/ - Y de la parte de arriba más, incluso.  Ponle/ una cuña/ para que no se mueva”.  Entre el sarcasmo poético y el haikú, Brossa ofrece un fragmento de realidad que, al ser transformado en versos adquiere el tono divertido e inquietante.  También es cierto que en su escritura o en sus objetos pueden aparecer cosas imprevistas, serias objeciones a los códigos establecidos en un tiempo desquiciado: los relojes están dentro de las patatas o tienen varias manecillas.

 

 

La poesía insolente de Brossa no deja de sorprender, sus hallazgos (el teléfono sobre el dado, los auriculares con pendientes, la baraja candada, el ojo como tampón de la botella, el bocadillo de anzuelo, el huevo frito fundido con la hostia consagrada, etc.) son, sencillamente, memorables.  Brossa nos desafía desde los escaparates, ya sea con el primer objeto que mostró, precisamente, en el escaparate de la sastrería Gales de Barcelona en 1956 (un paraguas abierto y apoyado en el suelo dentro del que estaba un pesebre con el inevitable caganer) o con ese sillón lujosamente tapizado en seda y serrado que se mantenía, sin embargo, en precario equilibrio que volvió a presentar en otro escaparate en 1985.  Sin duda su mente era un depósito sin fondo, rebosante de ideas poéticas, muchas de las cuales tuvo que esperar décadas para realizarlas. 

 

 

A partir de la impresionante retrospectiva en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (1991) entró Brossa en un periodo hiperactivo o, para ser más preciso, en el momento de la visibilidad de su trabajo incesante.  A las acciones, los poemas visuales, los carteles, los trabajos para televisión y los objetos se vinieron a sumar piezas que podríamos considerar instalaciones, por ejemplo, Cadenes de Dàmocles (1994), Final (1994) o los Emplaçaments con los que inaugurara la galería Miguel Marcos de Barcelona (1998).  Esas últimas obras, según indicaba Enrique Juncosa, ahondaban en sus preocupaciones habituales: “una identificación obstinada de la estupidez con la burguesía –que pudiendo parecerles a algunos insólita, resulta muy eficaz para aureolar su obra con un aire trasgresor-; la voluntad de representar tridimensionalmente las diversas figuras lingüísticas o retóricas –lo que otorga a sus obras el aspecto de jeroglíficos-; y la yuxtaposición surrealizante de objetos banales y cotidianos en la búsqueda de nuevas posibilidades expresivas, y una fascinación por la magia –donde todo está bajo control y tiene truco-, que se traduce en el escepticismo ante lo inefable y lo especulativo”.  Brossa, sarcástico y rodeado, en su estudio, de papeles, periódicos y, en definitiva, polvo, trató siempre de generar lo maravilloso, su escuela de la mirada nos transporta más allá del tedio propio del imperio de la banalidad.

 

 

Fernando Castro Flórez