RESPLANDOR AMARILLO

ALEJANDRO CORUJEIRA

Estas últimas obras de Corujeira que se presentan por primera vez en Barcelona, se instalan entre la aparente fijeza del lenguaje de la pintura y lo que incesantemente muda y cambia en la realidad orgánica de la vida natural, en las continuas metamorfosis de crecimiento y caída; e intentan evocar lo inédito, lo siempre nuevo, en los ojos del contemplador.

La pintura de Alejandro Corujeira, nos permite entrar y habitarla, aunque quizá con la sensación de que tanta fijeza contemplativa, embrionaria, está construida con un material efímero. Esta pintura apela a la memoria de la célula y a la tímida estructura: es una pagoda de madera.

Hay cuadros que nos devuelven a la dura superficie de los simulacros: a la mímesis de lo que consideramos “digno” de ser copiado por el plano del pincel o bien a la suplantación de nuevos objetivos que, sin ser copia, entren en la categoría de realidad.

Extintores, alfombras, pegatinas, cristales, abrigos son engullidos en la muda superficie de estos cuadros. Como si inventaran un orden musical para el que sólo hubiera que saber ubicar los silencios adecuadamente. Es una cualidad importante de la pintura: no añadir.

Trabajar para la memoria del mundo, con un impulso similar al del niño que dibuja un cero en la arena alrededor de la toalla de su familia y borra una genealogía. Es un trabajo arriesgado, una labor contracorriente respecto a tanta pintura, no querer convertirse en un producto.

Quien tiene la suerte de convivir con una de estas obras durante el tiempo necesario, siente que las armonías asimétricas, la tensión de materia y ligereza, tienen un efecto paradójico sobre el contexto en el que están calladamente agazapadas –la sala del museo, una pared-: borran las aristas del resto del mobiliario.