GRID PAINTINGS

ALAN CHARLTON

El pintor minimalista inglés Alan Charlton (Sheffield, Inglaterra) descubrió su propia senda artística en 1969. Era su primer año en la Royal Academy School de Londres –tras haber iniciado estudios en la Escuela de Arte de su ciudad natal, y pasar por la londinense Camberwell School of Art–, cuando decidió realizar un conjunto pictórico con materiales no artísticos. Fue a una serrería y seleccionó unas tablas cuadradas con un grosor de 4,5 centímetros. Luego fue a la droguería y compró una serie de botes de pintura industrial. Cada cuadrado era de un color: rojo óxido, marrón, verde, negro, blanco y gris, culminando así los objetivos perseguidos por su autor: sin trampantojo ni ilusionismo alguno, directo y con aire urbano. Finalmente, optará por reducir la gama cromática a un solo color, el gris, considerado en el mundo del arte como un no-color. 

Charlton proseguirá su trabajo –hasta el día de hoy– con módulos de 4,5 centímetros de profundidad y separados por espacios de 4,5 centímetros, superfícies monocromas grises. Según el propio artista, “uso esas dos constantes para descubrir distintas maneras de concebir mi obra. Las pinturas no están concebidas usando el tradicional marco rectangular, sino el espacio entero de la habitación que ocupan, de tal manera que el espacio en que éstas se hallan es parte de la obra”. 

A finales de 2003, Alan Charlton realizó su primera exposición individual en España, en las galerías de Miguel Marcos (Barcelona y Zaragoza), encabezada por el epígrafe: “Quiero que mis pinturas sean: abstractas, directas, urbanas, básicas, modestas, puras, simples, silenciosas, honestas, absolutas”. Un título que era, también, una perfecta declaración estética de los objetivos del artista. 

Al año siguiente, Charlton expuso en la famosa colectiva organizada por el LACMA de Los Ángeles –itinerada después al Miami Art Museum-, bajo el título “Beyond Geometry” –Más allá de la geometría. 

Con motivo de la primera muestra de Charlton en la sede barcelonesa de la galería Miguel Marcos, el crítico de arte y miembro fundador de Dau al Set, Arnau Puig, escribió: “pintar no debía ser ni significar otra cosa que pintar. Los colores, gracias a los constructivistas rusos, quedaron desacralizados. Ante esa idea de la pureza cromática, alcanzada progresivamente, quizá el mejor tono es el gris; allí caben todas las sensaciones y todos los matices de la calma del espíritu. Ésa es la obra de Charlton: no la nada filosófica, dramática, existencial, sino nada”.

No deja de sorprender que un estilo tan lacónico como el minimalismo, nacido a finales de la década de 1950 en Nueva York como reacción al expresionismo abstracto, con tantos puntos en común –uso de la geometría, abandono de la metáfora, repetición de motivos, igualitarismo de componentes, colores monocromos, superficies neutrales y materiales industriales–, haya dado tantas y tan magníficas obras.

El universo de Alan Charlton, compuesto por geometrías y sutiles gamas de grises que no reclaman la atención inmediata del espectador, nos invita a centrarnos en la pureza de un acto pictórico que integra el espacio de su entorno, convirtiendo ese “totum” en instalación espacial. Si el compositor John Cage, inspirador del movimiento minimalista, jugaba con el silencio para apreciar la música, Charlton realiza la misma proeza con su pintura. El minimalismo de Charlton no significa eliminación de “distracciones pictóricas”. Al contrario, nos abre un nuevo mundo de silencios, de espiritualidad cartesiana, en el que las secuencias espaciales nos revelan, como si se tratara de una radiografía, los interiores, la intimidad estructural e incluso el alma, del verdadero acto pictórico.