EL MAR DE LA CHINA

ALFONSO ALBACETE

En el Mar de la China meridional, uniendo el Golfo de Bengala y el Mar de Java, entre la Península de Malasia y la isla de Sumatra se extiende un largo estrecho marítimo refugio y asiento de una gran población flotante, tan numerosa que podría confundirse (al contemplarlo desde el cielo) con la principal avenida de cualquier bulliciosa ciudad.

 

Hace años lo pude ver durante unos minutos a través de una rayada ventanilla de avión volando entre dos luces, a la vuelta de una larga estancia en Indonesia. De un lado cerrada ya la noche, los miles de barcos o casas o cosas flotantes reflejaban sus luces artificiales en la oscuridad de un mar confundido con el cielo (sin mediar horizonte) del otro, la debilitada luz del crepúsculo se extendía sobre el agua con dificultad chocando con barcos, basuras y pequeños islotes. Hacia el centro, el mismo mar, aquí transparente, dejaba ver su fondo, de aspecto misterioso y complejo.

 

Esta fugaz imagen, se quedó tan grabada en mi memoria que no solo quitó categoría a cualquier otra más propia de aquellos parajes (como las palmeras cocoteras, los arrecifes, las ofrendas, las cabezas cortadas o los bailes exóticos) sino que ya de vuelta, cuando me propuse incorporar a mi obra temas o formas extraídas de la vivencias en aquellos mundos y (por qué no) entablar diálogos novedosos con esos asuntos orientales que tanto han influido en el arte occidental y de los que a pesar de tener noticia siempre mantuve lejanos, no vi otra opción posible que la de convertirla en argumento principal de esta serie de pinturas.

 

En la primera, un nocturno en el que los barcos, como luciérnagas confundidas sus reflejos sobre la superficie negra y opaca, tuve la sensación de estar olvidando algo, ese algo que apareció por su cuenta al realizar unos dibujos sobre papel transparente y repintar sobre otros cuadros, era el fondo, un fondo de mar, un paisaje natural parecido a otros que ya había pintado antes aunque esta vez con otra perspectiva y sin construcciones humanas visibles sino salpicado de todo un conjunto de restos, de desastres, olvidos casuales u otros objetos voluntariamente naufragados. Por encima podían flotar unos barcos que contaran nuevas batallas, tan aparentemente ajenos a los teoremas de la física clásica como a lo que permanecía hundido bajo sus pies, ya fuesen trozos de una vieja pintura, un poema de Li Po, música Gamelan o el esqueleto de Moby Dick y como unión entre las dos situaciones colocar una veladura que controlara la luz, que actuase como reloj y calendario, dejando ver o escondiendo lo profundo según la opacidad o el color elegidos. Manejando las tres capas, como situaciones independientes y superpuestas conseguí elaborar estos cuadros en forma de partituras musicales, interpretables a voluntad del espectados. En cuanto al título “El Mar de la China”, soy consciente de que aplicado a lo que yo pude contemplar , es inexacto, (si se consulta un Atlas geográfico) sin embargo quiero acordarme que lo elegí antes de empezar a pintar ya que probablemente desde que leyera de muy joven novelas de aventuras, el mítico nombre aparecía en mi cabeza cuando imaginaba territorios tan lejanos o inexplorados, como estas pinturas, que ocultan tanto, como que se ve, donde una capa transparente de color puede ser el arma para definir un espacio que se resiste a los métodos de la perspectiva por no poseer líneas u horizontes, y tienen un punto de vista desde la total verticalidad como en un picado cinematográfico, tomado desde un trampolín antes de (con pirueta mental) saltar y caer a sumergirse, gozoso, en esas y a veces incomprensibles mareas orientales, con la esperanza de encontrar raros tesoros, pero con la inquietud propia del que nada en olas extrañas habiéndose criado y acostumbrado a bucear, en las familiares aguas del Mediterráneo.

 

Post scriptum

 

No he vuelto a sobrevolar mares orientales, por lo que no he podido comprobar qué relación existe entre los cuadros pintado y el paisaje que intervino como fugaz modelo de su creación.

 

Mis vuelos transmarianos de los últimos tiempo (y por tanto las únicas vistas en vertical de un paisaje acuático) han discurrido sobre aguas más próximas, como las del Egeo, el Mármara o el Mediterráneo; en el caso de éste último (el más frecuentado) y en el tiempo que permite el giro en redondo del avión e puente aéreo en las proximidades de Barcelona, iniciando el aterrizaje, en ocasiones, me he descubierto, a mi mismo buscando en los barcos posados sobre la superficie del agua que allá abajo pasaba vertiginosamente bajo mis pies (contra reloj y a golpe de vista), la solución a ciertos problemas entre brillos, reflejos y sombras provocados por barcos de ficción sobre un lienzo.

 

Pienso que estas nueves visiones habrán introducido a su manera variaciones en los últimos cuadros, estos que se exhiben aquí y ahora, quizá no tanto en las cosas flotantes que podrían ser de cualquier lugar, como en la luz, ahora más doméstica, pero sobre todo, abajo, en el fondo donde aparecen seres animados y pululan los llamados desaparecidos junto con los restos de antiguas batallas ni perdidas ni ganadas ni olvidadas para siempre.

 

Alfonso Albacete