ECOS REVERTIDOS

CARLOS FRANCO

“Ante la dificultad de abarcar la realidad, el tema viene a ser un asa”, escribe Carlos Franco. Con esta premisa, el autor concibe el Arte –al que denomina “proceso de percepción-expresión”- como un órgano de los sentidos que permite aunar no sólo lo que se ve, si no lo que se intuye, lo que se imagina y lo que subyace como raíz de lo visible. De esta forma, su cosmogonía queda plasmada en sus obras como una versión más absoluta de la realidad, de la que van aflorando cada vez más detalles, más puntos de vista, más colores y más giros argumentales. Va de lo mayor a lo menor, de lo abstracto a lo concreto; intenta desbaratar la pretendida unicidad del sentido de las palabras, reivindicando sus propias capacidades liberadoras.  

No resulta extraño, pues, que la complejidad y la dificultad interpretativa caractericen la obra del pintor. Por un lado, gracias a su dominio perfecto del dibujo, a menudo difumina y superpone contornos dentro de un mismo perfil –lo que produce desasosiego-. Y, por otro lado, juega con la yuxtaposición de imágenes, explora el surrealismo, se nutre del inconsciente y bebe de la mitología clásica y de otras mitologías, entre ellas, la africana. La mezcla de todo ello se materializa en ensoñaciones o evocaciones de difícil especificación. Su experimentación también incumbe a los materiales y soportes, desde el aluminio al pladur, hasta los pigmentos fluorescentes; muestra de su curiosidad creativa.

Carlos Franco insiste en “mantener su maniera de registrar lo visto”, lo que nos evoca el manierismo barroco. Su poca confianza en entender la realidad en sí misma le lleva a un pensamiento atormentado. El resultado de ello es la laboriosidad o incluso imposibilidad de acceder al contenido esencial de la obra. También puede entenderse que las sensaciones de intranquilidad y tormento están en el espectador, más que en la obra. Esto sucede dadas las nuevas reglas del juego que traza el autor en la composición de la realidad.

A parte de las temáticas, el color es otro rasgo inconfundible en su obra; una explosión de color vital, sensual. Para el artista, el sentido se capta antes a través del color que de las palabras, es decir, pre-verbalmente. De hecho, muchos pintores de los 70, como él mismo y los neo-figurativistas como Carlos Alcolea, Chema Cobo, Guillermo Pérez Villalta, José Manuel Broto o Xavier Grau reedescubren el color con gran entusiasmo, superando así la oscuridad de la guerra, la dictadura militar y sus secuelas.

La muestra “Ecos Revertidos” que la Galería Miguel Marcos expone permite contemplar en primera persona todo lo comentado anteriormente.

El color atractivo de los cuadros se aprecia a primera vista pero, como ya se ha apuntado, al fijarse con más atención o pensar en el mensaje esencial de la obra, una sensación de inquietud nos aturde; quizá sea, más bien, la intensidad materializada, la “atención raptada”.

En Fausto o El santadiablo, vemos a una mujer en el centro de un paisaje colorista posando sensualmente. Al detenernos en ella, nos pasma que, en el lado derecho de su torso, vemos dos perfiles distintos en rojo como de diablo o de anciano. Este personaje interno, de sexo contrario al personaje externo, nos trae a la mente al hermafrodita, pues se da a la vez lo masculino y lo femenino. La sexualidad y el inconsciente juegan un papel importante en este cuadro. Para Carlos Franco, los extremos de un proceso no son antagónicos sino partes de lo mismo. De hecho, la yuxtaposición de los colores opuestos, que se remonta bien lejos, permite que la mente los una creando la gama y la harmonía. La realidad, o el “proceso” –en palabras del autor-, es un todo. Lo auténticamente verdadero es la realidad, que consta de diferentes partes que parecen oponerse, contradecirse o incluso querer destruirse. Sin embargo, a pesar de tener entidades separadas, no dejan de ser partes y nunca podrán abarcar una realidad total por sí solas. La importancia del paisaje debe igualmente recalcarse. Carlos Franco es uno de los rescatadores del paisaje, que para él significa y transmite libertad. El artista sufrió un grave accidente que le llevó a guardar tiempo en cama. Reflexionó largamente sobre el significado de la libertad y explica que comprendió que su labor era saber encontrarla dentro de su confinamiento, dentro de su espacio; y mirar el exterior y los atardeceres a través de la ventana.

Orfeo y Eurídice muestra también un paisaje hermoso, con un mar adivinable a lo lejos, con árboles en el plano medio y, -con más relieve y cerca del espectador-, unas formas en azul y rojo. El título hace referencia a una pareja de la mitología griega; Eurídice muere y su enamorado, Orfeo, decide descender a los Infiernos para salvarla, sin conseguirlo al final. Nos preguntamos: si el azul (Paraíso) y el rojo (los Infiernos) aparecen juntos dentro de lo que parece un paisaje sosegado, ¿significa eso que los dos Lugares conviven en la Tierra? La mitología en este cuadro está explícita en el título e implícita en el aire bucólico del paisaje.

Niños amamantándose nos lleva de nuevo a la mitología, en este caso, la histórica. Las criaturas alimentándose de lo que podría ser una loba nos remiten a Rómulo y Remo, al nacimiento del gran Imperio Romano. La grandeza del tema contrasta con el primitivismo del dibujo, el esencialismo cromático y el dibujo lineal.

Musas y frutas y La vida secreta ejercen de nuevo un efecto perturbador con toques surrealistas. De lejos, se trata de bodegones, con botellas vacías, una jarra de cerveza y una cesta de frutas. Al acercarnos, nos sorprendemos al ver que la jarra está llena de diferentes siluetas de personas. Estos contornos que podrían ser las Musas a que hace referencia el título, parecen inestables por su repetición y nos trasladan una sensación de ebriedad como si hubiéramos bebido todas las botellas vacías del cuadro. También nos choca que el asa sea una oreja, entre otros detalles. En el segundo cuadro, la jarra tiene silueta antropomórfica y el asa sigue siendo una oreja. Pero en este caso, vemos allí dibujado lo que parece un feto de color rojo, lo que bien podría remitirnos a la vida secreta con qué titula el cuadro.

Gran Menina en el harén pertenece a la serie de pinturas dedicada a los harenes. Si nos fijamos en la composición, parecería que el protagonismo del cuadro recae en lo que podría ser la Virgen y el niño Jesús. Y que, el escenario, un harén como indica el título, viene a ser una provocación o un intento de juntar las categorías de lo sacro y lo profano, como si pudieran convivir juntas. La idea de la virginidad se aborda como un tema íntimo con el que cada generación se encuentra de nuevo, en el sentido de la inocencia, de la pureza, de algo que nos viene dado por la naturaleza (con la diosa Diana como arquetipo). Sin embargo, la palabra “Menina” nos remonta a Velázquez  y, desde esta óptica, nace otra lectura, más crítica: En un harén existe la figura de la Madame, quien manda, dirige y controla; vendría a ser la figura en negro que aparece en el extremo superior derecho. El cuadro establece un paralelismo entre un harén y el mercado cultural y económico del Arte, ya que el Arte es una mercancía y unos cuantos determinan el funcionamiento de dicho mercado. Se trata, pues, de un cuadro complejo, por sus distintos estilos, como por ejemplo el torso cubista de la Gran Menina y también por la simbología que esconde cada elemento. Para Carlos Franco un tema enmascara otros muchos temas.

Quizás, este intento de comprender las formas que existen en el cuadro pueda parecer presuntuoso. Pero la tarea ya casi se torna inviable cuando se trata de entender el fondo, la realidad total de la pintura. En este sentido, Carlos Franco ha escrito: “debemos aceptar que no comprendemos el trasfondo de lo que estamos viendo”. Además, la complejidad de las obras y los infinitos detalles permiten varias lecturas. Sin embargo, reside en la naturaleza humana la voluntad y la necesidad de asimilar lo que le rodea, lo que ve y lo que siente, por complejo que sea. Lo mismo le sucede al autor, puesto que su pintura nace también de este mismo deseo de captar el entorno.