DEL VACÍO SUBLIME

JOSÉ MARÍA YTURRALDE

La secuencia de pinturas que muestro ahora, en mi segunda exposición en la Galería Miguel Marcos de Barcelona, deriva de la reflexión (pictórica), iniciada hace unos diez años, guiado por el creciente interés hacia la eterna problemática que las nociones de espacio, de tiempo, de vacío, de límite y génesis que ya venía proyectando, entendidas casi por separado, debían ahora integrarse en una totalidad expresiva del todo coherente.

 


El planteamiento serial de aquellos primeros cuadros, trataba de generar ligeras situaciones de inestabilidad, definidas mediante la expresión de pausados movimientos formales, donde pretendía incorporar una leve incertidumbre y la no excesiva evidencia de su planteamiento, siempre en el umbral entre la sutil racionalidad y la inquietud poética, buscando afirmar emocionalmente desde la contemplación del vacío originario a lo extenso, con la idea de infinitud.

 


 La tensión superficial de las estructuras se desmaterializan desplegando amplios fundidos gestuales, no precisamente aleatorios, orientados por la actividad de una variable compositiva asimétrica, metáfora del movimiento y  en este caso una muy lenta aunque progresiva actividad. 

 


Los títulos que entonces de una forma genérica designaban la obra como Preludios, aludían al origen, a un nuevo principio que luego se afianzaba en los Interludios y ahora con esta serie Postludios subrayan algo semejante (sin serlo) a la conclusión de una sinfonía o un sistema compositivo. Sin embargo abierto, no a la manera por ejemplo, de la pieza para piano Ludus Tonalis (1943) de Hindemith, donde se produce en su final, exactamente la inversión y reversión del inicio o preludio. Algo semejante podemos apreciar también en algunas obras del pintor Victor Vasarely.

 


 En la serie que me ocupa, insisto en que se aprecie la huella de una contenida asimetría, a la vez un alejamiento gradual y constante de las tonalidades que deben transformarse veladamente, donde siempre hay un gesto, pero difuminado, recóndito, apenas perceptible, siempre diverso.

 


Por un lado estas agrupaciones pictóricas aparecen como la estructura básica y clásica de un discurso, de una tesis, al mismo tiempo aludo a una idea musical, que en todo momento ha estado presente en mí, como pueda estar la brisa o el cambiante cielo que observo todos los días cuando me dirijo al estudio.
Aparentemente repetitivos, los matices mas bien se expanden, de una manera sutil, imperceptible, pero cierta, la composición no es cerrada, los  ecos  tonales se debe producir lentamente, en sentido casi perpendicular al plano del cuadro, lo cual debe suceder a pesar de los límites que las aristas, la geometría del cuadro imponen y de las apenas cambiantes situaciones formales, un poco a la manera de la pieza para cuartero de cuerdas Structures (1951) de Morton Feldaman donde se escucha no las “estructuras” en su sentido formal, sino la estructura evanescente de reiteradas sonoridades, marcadas por el compositor como soft as possible.

 

En la obra que presento me baso, a través del color, en la metáfora de la materia pulsante, en los procesos casi perpetuos de una espiral infinita, al modo como la vida se impone a la entropía, donde algo debería quedar del interés por los conceptos de lo inefable, lo sublime y lo absoluto en la pintura, esa suerte de experiencia trascendente que podemos sentir frente al Monje junto al mar de Caspar David Friedrich, el Snowstorm de J. M. Turner o el Number 1 A de Jackson Pollock, o en los José María Sicília más despojados.

 

Intento generar una pintura profunda, luminosa y compacta, de una fuerza poética cercana a la contención de lo mínimal, al escueto Haiku, procuro entender la no pasividad del vacío, especialmente en la concepción Zen, pero sin evitar en ciertos casos la posibilidad de lo monumental, a lo Mantenga o casi mejor algo como la Crocifissione del Tintoretto en la Scuola Grande di San Rocco en Venecia o el Vir Heroicus Sublimis de Barnett Newman.
Obviamente el less is more de Mies ha sido una constante en mi obra desde  los años sesenta, escenario de mi formación, con maestros entonces no tan fácilmente accesibles como ahora, que me acompañan aún en mi galería imaginaria como el gran arquitecto mexicano Luis Barragán, las blancas texturas de Ryman, o las (sobre toda su obra) Nico Painting, Wax I, o Nebraska del Brice Marden año 1966 y desde luego Mark Rothko. 

Luego El arte chino y el oriental en general, especialmente cuando no trata de expresar los objetos en particular, sino mas bien insinúa la relación entre esos objetos y la energía o espíritu que los conforma -que los forma conjuntamente-.

Siguiendo a Cage  renové  la peregrinación al jardín Ryoan-Ji en Kyoto donde creí entender que aquellas piedras, el recinto, no se podían concebir como algo finito, encerrado en sus propios límites, sino como algo que se va constituyendo en cada instante, perdiéndose y recuperándose con los ritmos y vibraciones de un universo que se produce incesantemente.
    

Solo el vuelo sordo y diagonal de algún pájaro, creaba simetrías  con las ondulaciones de la blanca grava entre las piedras.

José María Yturralde