03:11H A VERY NICE LIGHTNING STRIKE

DENNIS HOLLINGSWORTH

Dennis Hollingsworth (Los Ángeles, EE. UU., 1956) creció y se educó en Los Angeles (California), donde se licenciaria en Arquitectura. En la década de los noventa, inicia su singladura pictórica en el marco de los nuevos expresionistas de la costa Oeste, consiguiendo ingresar su obra en el más prestigioso museo de arte de la ciudad, el MOCA. 

Expuso por primera vez en España en 2006, en la galería de Miguel Marcos, con la muestra titulada "Constelaciones". Llamó la atención por su inusual empleo del óleo como bajorrelieve, sus vivos pero lacánicos colores básicos, y la técnica "alla prima": sin correcciones niveladuras. 

En esta su segunda singladura barcelonesa, Hollingsworth se sumerge aún más en un universo constelado de cosmos que bien pueden ser interpretados como gigantescos universos, bien como microexistencias. Su pintura, en un tiempo aparentemente poco propicio para tal praxis, arremete contra el mismo acto pictórico así como contra la historia de los expresionismos abstractos en una especie de "vuelta de calcetín" intuitiva. Su contrapuntillismo no es apto para daltónicos, ni la frescura de sus intuitivas acumulaciones de óleo es apta para impaciencias creativas. 

Hollingsworth pinta contrarreloj, contra el tempo impuesto, por un lado, por la creatividad intuitiva de su pintura, y por el otro, por la dificultad en el secado del óleo, un aglutinante casi abandonado en pos del aséptico acrílico. En su lucha con las cuatro dimensiones, el ancho y el alto típicos de un espacio bidimensional, la profundidad de sus simas deshilachadas, las huellas de una espátula planchadora, y el tiempo requerido para concebir unas formas que no admiten corrección, Hollingsworth deconstruye lentamente el gesto pictórico hasta conseguir barrocos haikús, tan naturales como las impurezas acumuladas en el impoluto casco de una embarcación. No hay trampantojo, ni drama representativo, tan sólo presencia del más puro lenguaje pictórico, desnudo en la voluptuosa y carnosa maleabilidad de la materia viva. 

Salpican sus composiciones estrellas de colores, muñones puros deshilachados de grueso óleo que recuerdan vívidos erizos de mar. A veces como únicos pobladores de un universo sin soporte, sobre la blanca desnudez de la tela, otras, como perfectas impurezas que acercan al espectador al corazón mismo del acto pictórico como proceso, como secuencia temporal, desafiante, etérea y delicada como un pequeño jardín del alma.